El sábado Santo es un vacío. Los cristianos han dejado un hueco de dios que, para las almas de los creyentes, es como el instante justo después de conocer la muerte de un ser querido, antes del llanto.
Esta saeta es así, un espacio lleno cargado de armónicos. La terrible exactitud de sus densos sonidos, como la de la física cuántica, molesta.