Cuando yo era niño, el pasillo que unía la cocina con el salón era, al anochecer, una zona mágica y oscura a cuyos lados se abrían las puertas en las que podía aparecer cualquier monstruo terrorífico. Si tenía que recorrerlo, siempre por motivos de imperiosa necesidad, lo hacía a la carrera y con un zumbido en los oídos, esperando que una mano surgiera de la oscuridad.
Con esta pieza concluimos la serie de nocturnos electrónicos.